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¿Puede la IA tener conciencia? Lo que dice la ciencia

by Lisa Larsen
Un pequeño robot se mira en un espejo cuyo reflejo muestra una red brillante de hilos parecidos a neuronas.

¿Puede una inteligencia artificial tener conciencia? Parece una pregunta de sobremesa, pero cada vez más neurocientíficos, filósofos e informáticos la tratan como un problema científico, con su propio método. Y un nuevo estudio de la Universidad LMU de Múnich, publicado este mes en la revista Cognition, añade un giro curioso: aunque una IA se comporte exactamente como una persona, la mayoría seguimos negándonos a llamarla consciente.

Por qué importa: millones de personas charlan cada día con asistentes de IA, y algunas los tratan como amigos o incluso como pareja. Saber si esos sistemas podrían llegar a sentir algo cambia cómo deberíamos diseñarlos, regularlos y tratarlos. Equivocarse en cualquiera de las dos direcciones tiene un precio.

Primero, ¿qué entienden los científicos por «conciencia»?

En este debate, conciencia no significa ser listo ni estar despierto. Significa tener experiencias: hay algo que se siente al ser tú, al saborear un café o al tener dolor de cabeza. Los filósofos lo llaman «conciencia fenoménica». Una calculadora suma de maravilla y, que se sepa, no siente absolutamente nada.

Ahí está la dificultad. La inteligencia se puede medir con pruebas. La experiencia ocurre por dentro y nadie tiene un aparato para medirla, ni siquiera en otras personas. Damos por hecho que los demás son conscientes porque están hechos como nosotros.

Por qué no basta con preguntárselo

La prueba más obvia sería preguntarle al chatbot si tiene sentimientos. El problema: los modelos de IA actuales aprenden de cantidades enormes de textos escritos por personas, así que se les da genial sonar como alguien que siente. Como contó Nature (en un artículo que reprodujo Scientific American) cuando un grupo de investigadores propuso una lista de criterios en 2023, las pruebas basadas en el comportamiento valen poco con la IA, precisamente porque imita tan bien.

Es como decidir si un loro entiende un poema porque lo recita sin un fallo. La actuación es real; lo que pasa por dentro es otra cuestión.

Un loro de colores habla junto a un libro abierto sobre una mesa de biblioteca.
Recitar un poema a la perfección no es lo mismo que entenderlo · Ilustración de DIGITAL WOXTER TECHNEWS.

La propuesta científica: una lista sacada de las teorías del cerebro

En agosto de 2023, 19 investigadores publicaron un informe con otra idea. En lugar de fijarse en lo que dice una IA, hay que mirar cómo procesa la información y compararlo con las principales teorías científicas sobre cómo surge la conciencia en el cerebro. Se basaron en cinco familias de teorías:

  • Teoría del espacio de trabajo global: el cerebro tiene muchos módulos especializados trabajando a la vez, y la conciencia aparece cuando una información se difunde a todos ellos al mismo tiempo, como un aviso en un tablón compartido.
  • Teoría del procesamiento recurrente: lo importante es que la información vaya y vuelva en bucle, no que fluya en un solo sentido.
  • Teorías de orden superior: un sistema es consciente de algo cuando además representa su propio estado mental («estoy viendo rojo»).
  • Procesamiento predictivo: el cerebro predice sin parar lo que va a pasar y se corrige.
  • Teoría del esquema de atención: el cerebro mantiene un modelo simplificado de su propia atención.

De cada teoría extrajeron unas «propiedades indicadoras»: rasgos que, si la teoría es correcta, hacen más probable que haya conciencia. Se pueden buscar en la arquitectura de una IA, tal y como explicó a Nature Robert Long, uno de los autores: mirando cómo está diseñado el sistema y cómo circula la información por él.

El método se apoya en una gran suposición llamada funcionalismo computacional: lo que cuenta para la conciencia es el patrón de procesamiento de la información, no si funciona con neuronas o con silicio. No todo el mundo la acepta, y los autores lo reconocen abiertamente.

El veredicto, por ahora: no, pero sin muro a la vista

El informe de 2023 concluyó que los sistemas de IA actuales no parecen conscientes, pero no encontró ninguna barrera técnica evidente para construir sistemas que cumplan los indicadores. Según el resumen de Nature, los grandes modelos de lenguaje muestran quizá algunos rasgos del espacio de trabajo global, pero nada que los convierta en candidatos serios.

A finales de 2025 se publicó una versión revisada por pares del método en Trends in Cognitive Sciences, firmada por Patrick Butlin, Robert Long y colegas como el pionero de la IA Yoshua Bengio y el filósofo David Chalmers. El artículo defiende que hacen falta con urgencia métodos rigurosos para evaluar la conciencia en la IA y propone usar las teorías para fijar grados de confianza, en lugar de un sí o un no. Semafor lo resumió así: ninguna IA actual es consciente, pero las futuras podrían serlo.

Los críticos señalan que esta lista esquiva el llamado «problema difícil»: aunque una máquina marque todas las casillas, eso no demuestra que sienta algo. La respuesta de los autores, en esencia, es que una prueba imperfecta es mejor que ninguna.

El nuevo giro: juzgamos a la IA con otra vara de medir

El estudio de la LMU mira al otro lado de la pantalla: a nosotros. Dirigido por Louis Longin, de la Cátedra de Filosofía de la Mente de la LMU, junto a Jurgis Karpus, Nadine Meertens, Bahador Bahrami y Ophelia Deroy, el equipo pidió a casi 1.100 personas del Reino Unido, en cinco experimentos, que leyeran breves escenas, según la propia universidad y Neuroscience News.

En cada escena, un protagonista reaccionaba más o menos a lo que pasaba a su alrededor, por ejemplo a un ruido o a las emociones de otra persona. La mitad de los participantes leía sobre una IA y la otra mitad sobre un ser humano que hacía exactamente lo mismo. Después puntuaban lo consciente y lo atento a su entorno que les parecía el protagonista.

  • Los protagonistas que reaccionaban más recibían notas más altas en ambas cosas, fueran IA o personas.
  • En conciencia apareció una brecha clara: incluso la IA más reactiva se consideraba menos consciente que el humano menos reactivo.
  • En percepción del entorno («awareness»), la IA y los humanos recibían puntuaciones muy parecidas.

«La gente atribuye de forma sistemática menos conciencia a la IA que a los humanos, incluso cuando su comportamiento es idéntico», resumió Longin en el comunicado de la universidad (traducción nuestra). Los investigadores creen que la palabra «conciencia» arrastra una idea profunda de vida interior que reservamos para los seres vivos, mientras que «percibir el entorno» suena más técnico. El título del artículo lo llama una forma de esencialismo: la creencia de que lo que cuenta es ser humano, no cómo te comportas.

Por qué importan las dos caras de la historia

Si juntamos ambas líneas de investigación, sale una imagen útil. Los científicos dicen que la IA actual no es consciente, pero no pueden descartarlo para sistemas futuros. La gente corriente, mientras tanto, dice sin problema que una IA «se da cuenta» o «sabe» cosas, pero pone el límite en los sentimientos.

Esa diferencia importa en dos sentidos. Si empezamos a tratar a los chatbots como seres con sentimientos, podemos fiarnos demasiado de ellos o crear vínculos que solo van en una dirección; según Semafor, algunos líderes del sector ya han advertido contra construir una IA que «parezca consciente» justo por eso. Y si algún día un sistema sí cumpliera el listón científico, nuestro instinto de descartarlo podría hacernos pasar por alto una cuestión moral real.

Claves para llevarse

  • Conciencia, aquí, significa tener experiencias, no ser inteligente.
  • Preguntarle al chatbot sirve de poco: está entrenado para sonar humano.
  • Los científicos revisan la arquitectura comparándola con teorías del cerebro; la IA actual no da la talla, la futura quizá sí.
  • La gente marca una línea: a sus ojos, una IA puede «percibir», pero casi nunca «ser consciente», aunque actúe como nosotros.

Qué viene ahora

El método de los indicadores sigue en debate en las revistas científicas, sobre todo una pregunta peliaguda: cómo distinguir un indicador real de una imitación muy lograda. La pregunta volverá una y otra vez a medida que los agentes de IA sean más capaces. Mientras tanto, un buen hábito: disfruta de tu asistente de IA, pero recuerda que sonar cariñoso y ser capaz de sentir cariño no son lo mismo. Si quieres ver cómo se comportan los agentes de IA en el mundo real, lee nuestro artículo sobre las disculpas de OpenAI a Australia.

Fuentes

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