Hace más de un siglo, un ingeniero cántabro gobernó por radio una lancha con gente a bordo, construyó el primer teleférico del mundo para pasajeros, enseñó a una máquina a ganar al ajedrez y describió el ordenador décadas antes de que existiera. Se llamaba Leonardo Torres Quevedo, y fuera de España casi nadie recuerda su nombre.
¿Por qué importa hoy? Porque el mando a distancia del salón, el teleférico de tus vacaciones y la forma en que tu ordenador maneja los decimales tienen un poquito de él. Nuestro nuevo documental, GENIOS ESPAÑOLES · Capítulo 1, cuenta su historia; aquí tienes la guía rápida.
La película recrea escenas históricas a partir de fotografías y documentos de la época. También está disponible en inglés, SPANISH GENIUSES.
Un niño de un valle verde
Torres Quevedo nació el 28 de diciembre de 1852 en Santa Cruz de Iguña, en un valle de Cantabria. Creció en Bilbao, estudió en París y se formó como ingeniero de caminos en Madrid, según la biografía que publica el CSIC.
No fue el número uno: terminó cuarto de una promoción de siete. Pero una herencia familiar le permitió renunciar a un puesto seguro en el Estado y dedicarse a lo que más le gustaba: inventar máquinas.
Una lancha sin nadie al timón
A principios del siglo XX diseñaba dirigibles, y probar uno era jugarse la vida de la tripulación. Su solución: manejar las máquinas desde tierra con ondas de radio. Lo llamó Telekino («movimiento a distancia»), lo patentó en 1902-1903 y lo presentó en París el 3 de agosto de 1903.
Lo más ingenioso era el código: en lugar de una simple señal de encendido y apagado, el Telekino podía enviar órdenes distintas, como avanzar, girar o parar. En septiembre de 1906, en el puerto de Bilbao, una lancha con personas a bordo obedeció esas órdenes invisibles ante el rey Alfonso XIII y una multitud, como recuerda el Museo Torres Quevedo.

Fue uno de los primeros mandos a distancia por radio de la historia. Nikola Tesla ya había guiado un barco por radio en 1898, pero el sistema codificado de Torres Quevedo está reconocido hoy como hito del IEEE, la mayor asociación de ingenieros del mundo.
El teleférico que Suiza rechazó
Su primera obsesión fue el cable. Patentó un transbordador aéreo en 1887 y se lo llevó a Suiza, el país de las montañas. Los ingenieros suizos le dijeron que no.
Él no discutió: siguió trabajando. El 30 de septiembre de 1907, en el monte Ulía de San Sebastián, su transbordador se convirtió en el primer teleférico del mundo abierto al público para pasajeros. La revancha perfecta.
Un vagón español sobre el Niágara, y sigue funcionando
Su obra más famosa cruza el remolino del río Niágara, aguas abajo de las cataratas. El Spanish Aero Car se inauguró el 8 de agosto de 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Salva más de 500 metros, como cinco campos de fútbol seguidos, y cuelga a 76 metros sobre el agua, más o menos la altura de un edificio de 25 plantas. Se pagó con dinero español y la obra la dirigió su hijo Gonzalo.
El secreto está en el equilibrio: cada cable tiene un extremo fijo y el otro pasa por poleas hasta un contrapeso, así que la tensión no cambia, pese lo que pese la carga, como explica la Real Academia de la Historia. ¿Lo mejor? Sigue funcionando cada temporada, de primavera a otoño, renovado varias veces pero fiel a su diseño. Según Niagara Parks, se cree que es el único de su tipo que sigue en servicio.
Una máquina que siempre gana al ajedrez
También construyó El Ajedrecista. Solo sabía un final, rey y torre contra el rey solitario de una persona, y siempre daba jaque mate. Y sin trampa: no había nadie escondido dentro. Unos contactos eléctricos detectaban las piezas y un brazo mecánico movía la torre. Lo presentó en París en 1914; en 1951, Norbert Wiener, el padre de la cibernética, jugó contra su sucesor.
El ordenador antes del ordenador
En sus «Ensayos sobre Automática», publicados hacia 1914, describió máquinas que guardan números y deciden el siguiente paso según un resultado. Y propuso la coma flotante: escribir un número con unas pocas cifras más una indicación de dónde va la coma, que es como los ordenadores manejan cifras enormes o diminutas. En 1920, en París, presentó una calculadora electromecánica que se manejaba con una máquina de escribir: tecleabas la operación y la máquina escribía sola el resultado.
El historiador británico de la informática Brian Randell lo considera un precursor del ordenador y escribió que su trayectoria merecía un reconocimiento mucho mayor fuera de España.
¿Por qué «olvidado»?
En vida fue muy reconocido, sobre todo en Francia, y en España ocupó un sillón en la Real Academia Española. Murió en Madrid el 18 de diciembre de 1936, a los 83 años, en plena Guerra Civil, y su muerte pasó casi desapercibida. Cuando otros levantaron los primeros ordenadores, pocos fuera de España conocían su nombre.
Mira el documental
Hoy un instituto del CSIC lleva su nombre, y su vagón sigue cruzando el Niágara. Dale al play al Capítulo 1 y, la próxima vez que pulses un mando a distancia, acuérdate de una lancha en Bilbao sin nadie al timón.
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Fuentes
- Milestones: Early Developments in Remote-Control, 1901 – IEEE / Engineering and Technology History Wiki, consultado en octubre de 2026
- Biografía de Leonardo Torres Quevedo – ITEFI, CSIC, consultado en octubre de 2026
- From Analytical Engine to Electronic Digital Computer: The Contributions of Ludgate, Torres, and Bush – B. Randell, Annals of the History of Computing, octubre de 1982
- History of the Aero Car – Niagara Parks, consultado en octubre de 2026
- El Ajedrecista – Wikipedia, consultado en octubre de 2026
- Telekino – Museo Torres Quevedo, Universidad Politécnica de Madrid, consultado en octubre de 2026
- Leonardo Torres Quevedo – Diccionario Biográfico, Real Academia de la Historia, consultado en octubre de 2026